La otra cara del aborto


Desde la ciencia sabemos que la vida humana comienza con la concepción, cuando se constituye un patrimonio genético nuevo. 

Desde la ciencia sabemos que la vida humana comienza con la concepción, cuando se constituye un patrimonio genético nuevo.
¿Por qué una sociedad quiere deshacerse de algunos individuos para prevenir la muerte de otros?
¿Acaso la muerte de unos es menos muerte que la de otros?
¿Por qué oponer el derecho a nacer con el de la madre a disponer de su cuerpo? ¿Acaso vale más el derecho de la madre a decidir que el del hijo a nacer?
El problema es grave porque involucra a personas en situaciones límite, a mujeres en situaciones desesperadas –frecuentemente de pobreza y exclusión– que deben decidir en condiciones en las que tener suficiente lucidez es una posibilidad remota. ¡No es una decisión libre!
Es improbable que quien lo vivió salga indemne. Lo demuestran las secuelas que provoca y de las que poco se habla.
Datos científicos cuentan que más de la mitad sufre consecuencias en su salud psicofísica. El trauma posaborto, el llamado “luto prohibido”, por el duelo que no se puede hacer, puede producir incluso comportamientos autodestructivos –bien lo conocen las organizaciones que atienden a las víctimas.
No es verdad que no hay alternativas: sabemos que cambiar contextos de pobreza, marginación y violencia, con educación, asistencia y solidaridad real, pueden dar otros resultados.
Aun el menos deseado de los embarazos llevado adelante con sostén adecuado y eventualmente con recurso de adopción provocará menos secuelas que destruirlo.

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